Ejercicio físico y cáncer: antes, durante y después del tratamiento
21 de Nov 2025
El ejercicio físico se ha consolidado como un pilar fundamental en el abordaje integral del cáncer. Lejos de ser una práctica contraindicada, la evidencia científica muestra que la actividad física, correctamente adaptada y supervisada, es segura y beneficiosa tanto durante como después del tratamiento oncológico. Sus efectos positivos abarcan desde la mejora de la capacidad funcional y la calidad de vida hasta la reducción del riesgo de mortalidad por cáncer.
EL EJERCICIO FÍSICO FRENTE A LA FATIGA RELACIONADA CON EL CÁNCER
La fatiga relacionada con el cáncer es uno de los síntomas más frecuentes y limitantes durante la quimioterapia o la radioterapia. Se trata de un cansancio intenso, físico y mental, que puede prolongarse durante semanas y que no mejora con el descanso. Su severidad varía en función del estado clínico de la enfermedad y del tratamiento recibido.
Para abordarla, es fundamental evaluar el nivel de fatiga mediante herramientas validadas, como la escala de fatiga de Piper, que analiza dimensiones cognitivas, sensoriales, afectivas y de severidad. Este conocimiento permite ajustar programas de ejercicio físico personalizados, siempre con el acompañamiento de profesionales sanitarios, facilitando una progresión gradual y segura.
En personas con fatiga severa, se recomienda fragmentar la actividad física en pequeñas dosis a lo largo del día, evitando programas rígidos y priorizando la adaptación a las necesidades reales del paciente. A medida que la fatiga disminuye, resulta clave sincronizar el ejercicio con los ritmos de sueño y vigilia para favorecer la recuperación funcional.
ENTRENAMIENTO DE ALTA INTENSIDAD (HIIT)
El entrenamiento interválico de alta intensidad (HIIT) también ha sido estudiado en el contexto oncológico. Revisiones científicas que analizan múltiples ensayos clínicos muestran que el HIIT puede ser más eficaz que el cuidado habitual para mejorar el cansancio relacionado con el cáncer, la calidad de vida, la composición corporal y la condición funcional, medida a través del consumo máximo de oxígeno (VO₂max).
No obstante, cuando se compara con programas de ejercicio de intensidad moderada, los resultados no son concluyentes, ya que algunos estudios muestran superioridad del HIIT y otros no encuentran diferencias relevantes. Por ello, la recomendación principal es una valoración individualizada, teniendo en cuenta que la mayoría de los estudios se han realizado en personas con cáncer de mama, colon, recto o testicular.
En la práctica clínica, mantener intensidades muy elevadas durante periodos prolongados puede resultar complejo para muchas personas con cáncer, especialmente si no existe una experiencia previa en ejercicio físico. Por este motivo, se plantean adaptaciones progresivas y supervisadas como paso intermedio.
EJERCICIO DE FUERZA Y PESAS EN EL CÁNCER DE MAMA
Durante años, las personas con cáncer de mama han recibido mensajes contradictorios sobre el uso de pesas, especialmente por el temor al desarrollo de linfedema. Sin embargo, la evidencia científica indica que el entrenamiento de fuerza durante la quimioterapia no solo es seguro, sino beneficioso, siempre que se realice de forma progresiva y supervisada.
Ensayos clínicos en mujeres sedentarias con cáncer de mama no han mostrado un aumento del riesgo de linfedema tras programas estructurados de ejercicios con pesas. Al contrario, las participantes que realizaron entrenamiento de resistencia muscular mejoraron de forma significativa la fuerza y la función del brazo, sin efectos adversos clínicamente relevantes.
La clave de estos programas reside en la evaluación individual, la progresión de las cargas y el respeto de los tiempos de recuperación entre sesiones, series y ejercicios, así como en la correcta selección de movimientos que aseguren un control adecuado del gesto.
REDUCCIÓN DEL RIESGO DE MORTALIDAD POR CÁNCER
Más allá de los beneficios funcionales, el ejercicio físico desempeña un papel relevante en la prevención y la supervivencia del cáncer. Uno de los factores modificables más importantes es el volumen máximo de oxígeno (VO₂max), indicador de la capacidad cardiorrespiratoria. Estudios longitudinales han demostrado una relación inversa entre el VO₂max y la mortalidad por cáncer: a mayor capacidad aeróbica, menor riesgo de muerte por esta causa.
Incrementar el VO₂max es posible mediante el aumento progresivo de la cantidad y la calidad del ejercicio diario. Incluso estrategias sencillas, como repartir la actividad física a lo largo del día y adaptarla a las capacidades de cada persona, pueden contribuir a generar un efecto protector significativo.
En situaciones de debilidad extrema, cansancio intenso o problemas del aparato locomotor, resulta imprescindible la intervención de un fisioterapeuta especializado que adapte el programa de ejercicio a la situación clínica y permita una evaluación adecuada de la capacidad funcional.